domingo, 29 de julio de 2012

EL ULTIMO PLAN



        Era Mayo. Era el día de su nonagésimo segundo cumpleaños. Era la noche en que jacinto quiso escribirse. Antes, es cierto, había escrito.  Había escrito toda la vida, pero nunca de él, siempre de otros, a veces reales, a veces el producto de una envidiable imaginación. El día de su nonagésimo segundo cumpleaños Jacinto tuvo el plan de escribirse a él mismo, a sí mismo para los Otros.
      No se le ocurrió, el plan; nomás sucedió. Estuvo siempre ahí desde el tiempo de su primera crónica en la La Voz Popular, allá cuando la Gran Depresión. No es que no lo haya visto venir, pero sucede que nunca sintió las ganas ---o tuvo las fuerzas--- indispensables para ejecutarlo sabiamente. Le parecía algo estúpido y egoísta hablar sólo de sí mismo. A lo mejor le parecía porque todavía era joven y le quedaban muchas cosas por vivir, por aprender. A lo mejor porque odiaba verse el rostro envejecer en los espejos, quién sabe.
Cierto, sin embargo, que las ganas ---no la idea--- le vinieron cuando descubrió que se había quedado solo. “Ya viene, ya está”, pensó ese día. Eran sus últimos pensamientos. Era tarde y las enfermeras se habían acostado temprano. Afuera llovía. Jacinto hizo que iba al baño pero fue a la cocina. En la mesita de luz la radio quedó encendida: el Polaco, Afiches. Se sentó a la mesa redonda, abrió el cuaderno y descorchó una botellita de vino que la hija, como siempre, había escondido en lo alto del aparador, detrás de unos tarros de masitas, lejos del alcance de los Otros. Nada especial, un vinito medio pelo, suficiente para festejar sus noventa y dos pirulos y el deseo de llevar a buen puerto un viejo plan.

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A la tarde había venido la Martita con los chicos a visitarlo. El nieto mayor, que ya tenía treinta, había traído a su novia última. “Para que lo conozca al Nono”, le había dicho a su madre y ésta había dudado.
No hablaron. Solamente la Martita le preguntó cómo andaba, si necesitaba algo. Jacinto negó con la cabeza. Quería decir mucho pero mantuvo el silencio por temor a confundir el nombre de los nietos. Además, le había tomado aversión a las palabras, sentía que se le hacían charcos de baba en la boca. 
Miraron el final del partido en la sala, rodeados de vidas en suspenso. Cuando el árbitro pitó la derrota del Xeneise, Jacinto masculló entre dientes: “perros…”. De la tristeza de los chicos brotó la risa triste del recuerdo. En la mesa del fondo, lejos del televisor, las mujeres que no habían perdido el presente jugaban a la Loba; jugaban para perderlo.

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Antes de quedarse solo, Jacinto se dio cuenta. La Martita cuchicheaba con la cocinera junto al quicio del zaguán y hacía señas para irse. Los nietos saludaron al abuelo con un beso al costado del bigote y la novia, más tímida y un poco perpleja, saludó nomás de lejos. Jacinto pensó en su pene joven y erecto. Todos los amores se le vinieron juntos a la mente.
---La vieja, ¿cómo está? ---Le susurró al oído a la Martita antes de olvidarla.
---Ahí anda, Papi. ¿De verdad no necesitás nada? ---Dijo ella y se quedó viéndolo con los ojos envidriados.
---Un cuaderno.
---¿Un cuaderno?
---Sí. Y también vino.
---Bueno, después traigo. Vino no sé, aunque siendo tu cumpleaños… Chau, me voy porque se viene tormenta.
---Esperate. ¿Cómo salió Boca?
---Perdió, Papi, lo acabás de ver…
“Perros…”, recitó bajito cuando la Martita, atajando el llanto con las manos, se abría paso entre las viejas lúdicas, al encuentro de sus hijos que, en la vereda, añudado el estómago, se paseaban bajo la desfloración otoñal de los plátanos.  
                  
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Cuando la enfermera se acercó, Jacinto, por costumbre chacarera nomás, amagó una resistencia inútil. Doña Eulogia, arrastrando el cuerpo contra la pared tiznada, blasfemaba contra el sexo de Adán.  Josecito Núñez, ausente hace meses, la miraba contento, como quién atina un tesoro. A Jacinto lo apresaron entre tres y le metieron el culo entre las ruedas. Lo bañaron, le sirvieron sopa de calabaza y lo durmieron con clonazepam. Al despertar en medio de la noche le vinieron las ganas. “Ya está, ya viene”, pensó.  
Encorvado sobre el hule de la mesa redonda, con la lluvia chapaleando en la ventana, alcanzó a emborracharse y a ejecutar una grafía trepidante. Escribió del niño que soñaba escribirse a sí mismo y nunca pudo. Satisfecho, se durmió sentado. Desde el fondo ensombrecido del pasillo, cincelada por la luz de los relámpagos, la que viene estaba cerca y era tarde para evadir el guadañazo. 

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