sábado, 3 de marzo de 2012

DESHORA

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No hay justicia ni verdad ni nada. ¿Cómo
acaso habría de haberla si hasta vos,
que sos lo que se dice un buen, incluso un gran
tipo te ablandaste, te
dejaste olvidar la muerte en los histriones y los
sochantres del mismo deleznable laberinto del que nadie,
ni vos, mi amigo, que sos lo que se dice un hombre
de bien, un caballero, sale vivo?
Ni vos que niño, tal vez joven, alunado alucinaste
ser fiel a tu misterio de fango proscrito, de
fin en sí mismo en ti mismo en este mundo
y transformarte transformándolo, des-
arraigarte, incorrupto, al movimiento al son-
ido orbital del universo ---si es que acaso hay
o acaso hubo alguna vez un Universo---
y estaban todas las estrellas haciéndote una ronda,
viéndote crecer bajo la tríptica luna el promisorio  
porvenir a su medida en los visajes de la cara.
¿Cómo, entonces, habrías de haber, mi amigo,
sabido que no hay ni acaso habría
justicia ni verdad ni
porvenir y ahora, en deshora, andarías
togado junto al cielo azul de los areópagos y los
arúspices de salmódicas vaharadas, en la
diaria inferencia de la suma indiferencia?
. 
Pero es tarde ya. Si al menos los fuegos
y los vientos y las piedras y los árboles
de las primeras horas resurgieran del absurdo
falsario contubernio de los présbitas, si
al menos hubieras zapateado negando, haciendo
caso al pulso que nacía como turba de ti mismo, que
cual íngrima emulsión de lo absoluto capaz
solazaba las razones de Marx… Pero no.
. 
Ya el barro de tu hechura está cocido, ya
bogando por la anchura principia, inevitable,
la noche inconstelada y vos, mi caro amigo,
en su abismo olvidarás tu nombre, el túrgido
pecho de los cuerpos que fuimos,
tendidos de lomo bajo un sol de enero,
sedientos y borrachos y
alegres como niños que no esperan
perder el sueño en los peldaños por subir. 
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